martes, 11 de septiembre de 2012

Eventos importantes


Entrega de las bibliotecas de aula en ceremonia cívica. El lunes 3 de septiembre de 2012 el Profr. José Pedro Cuautle Gallegos  entregó las bibliotecas de aula a los alumnos y tutores de cada grupo.


Visita a Ciudad universitaria. 9 alumnos seleccionados asistieron a la Feria del agua. Se tomaron la foto con el Rector de la Máxima casa de estudios quien los exhortó a superarse para ser futuros estudiantes universitarios.






Aquí la Profa. Socorro Ocampo Rivotta con el Rector.


ANTOLOGIAS II

LA RODILLA DEL DIABLO



En la calle del Refugio, que después se llamó Tepetate y actualmente Aztecas, antiguamente había una piedra laja que embonaba perfectamente con una rodilla y que delimitaba la esquina con la actual calle de Obregón.

Precisamente en esa calle del Refugio, que en aquel tiempo era un simple callejón obscuro que delimitaba una propiedad del convento de los padres Carmelitas y en donde no había ninguna construcción, sino sólo largas y tétricas tapias que arrancaban desde la calle de Atarjeas y Obregón, hasta terminar en lo que es hoy calle de Benito Juárez, antes Compañía Vieja, se propició una de las leyendas más conocidas y populares de Celaya.

Se cuenta que un capataz de las obras de reconstrucción que realizaban los sacerdotes en la Celaya de entonces, tenía por costumbre elegir entre los candidatos a los mejores y más saludables hombres y para tal objeto y evitarse trabajos de elección, mandó poner la famosa piedra laja que daba la altura requerida de una persona físicamente bien constituida y a determinada distancia había dos hoyos en donde también debían embonar los dedos índice y pulgar y quien pasaba esta prueba, casi automáticamente estaba contratado por el capataz de marras. La gente decía que este consejo se lo había dado un capitán que un día se había aparecido en la obra, vistiendo una enorme capa dragona y cubriéndose el rostro con una parte de dicha capa que era de color negro. El capataz, ni tardo ni perezoso, aceptó tal consejo y ello le daba más tiempo de estar acostado tomando pulque y aguardiente.

Dicen que, atenazado por la necesidad, un día llegó un jovencito, casi un niño, pero bien desarrollado, que dio las medidas perfectas en la piedra dicha y de inmediato empezó a trabajar; pero al no dar el rendimiento de la gente adulta, el capataz descargó su ira nacida de la embriaguez sobre la espalda y rostro del jovencito, destrozándole la nariz y dejándolo casi baldado del brazo izquierdo. Al ver los compañeros de trabajo que el muchacho ya estaba desfallecido, detuvieron el brazo del verdugo y en ese momento vieron un rostro desfigurado que tenía “espuma en la boca” y uno de los trabajadores le aventó un escapulario, que al tocar el cuerpo del malvado golpeador vieron que no era otra cosa que el capitán de la capa dragona, que al recibir el roce del escapulario inmediatamente echó a correr, perdiéndose por el lado norte de la ciudad.

Todos se dedicaron a cuidar a la criatura y fue hasta entonces que vieron al capataz dormido, perdido de tanto embriagarse, y que ni cuenta se dio que el demonio lo había suplantado; y enterado que fue el sacerdote encargado de la obra, dio de baja al irresponsable capataz, bendijo la piedra y no hizo aprecio de la conseja que existía y por lo mismo no ordenó que se quitara de su lugar.

La piedra estuvo por años y años y fue hasta 1960 cuando se empezó a lotificar el rumbo de Aztecas y la piedra fue quitada de su lugar y con ello se perdió la tradición de muchos niños, que para medir su valor acudían a medir su rodilla en la piedra y a meter los dedos en las hoquedades y hasta la gente adulta evitaba pasar por el lugar, pues no dejaba de sentir cierto escalofrío al recordar que según las consejas, la piedra que ahí existía la había puesto personalmente el diablo.


LEYENDAS DE NUEVO LEÓN


LA DAMA ELEGANTE
Terminaba  el primer cuarto del siglo y las escasas cuadras de Estación Rodríguez, la veían pasar cotidianamente en plan de compras o de visita a sus muy pocas amistades. Era una mujer delgada, de aspecto delicado, otoñal y solitaria. Poco se sabía de su vida pues, a pesar de su estampa grácil y carácter atento, era recatada y discreta en el trato con la gente del lugar. Vestía siempre de largo, en escrupulosa combinación de botines, vestido y paraguas. Llevaba siempre algún pequeño y elegante sombrero bajo el cual lucía siempre aquella amable sonrisa, con un palillo entre los dientes.

Don Pedro era un hombre de campo y poseía unos pastizales que le daban lo necesario para bien vivir. Era distinguido por su fuerte carácter  que tantas veces  hizo valer ante los peligros del monte  poblado de alimañas venenosas, pumas depredadores y abigeos al acecho del ganado. Pocos sabían que era también padre amoroso; que sus hijos y su apacible esposa eran los más grandes bienes con que la vida lo había premiado.

El más pequeño de sus hijos enfermó de gravedad. Las fiebres, los vómitos constantes y la inapetencia lo iban consumiendo poco a poco. Don Pedro acudió a todos los médicos de la región sin encontrar una cura efectiva para el pequeño que se debilitaba día a día. Desesperado, aceptó el consejo de llevarlo a una vieja curandera de Villaldama; la cual, tras aplicar en el niño su ciencia apócrifa y ancestral, hizo saber a don Pedro que el enfermo había sido embrujado por una mujer que vivía enfrente de su casa; y la única manera de conjurar el mal era rescatando una foto del niño que estaba entre las cenizas de la chimenea.

El hombre, furioso y decidido a salvar a su hijo, llegó a la estación y fue a casa de la vecina quien congeló la amable sonrisa al ser empujada y arrollada por el intruso, que avanzaba hacia la cocina con imparable determinación. Desesperado, hurgó entre las cenizas y estalló en ira al descubrir la foto de su hijo. Volvió hacia la mujer y tomándola por los cabellos la cubrió de toda clase de golpes. Al verla en el suelo, inmisericorde y ciego de rabia, se quitó el grueso cinturón y la azotó hasta verla perder el conocimiento. Terminada su cruel venganza, don Pedro salió con la foto rescatada mientras, allá adentro, la mujer empezaba una larga agonía.

Pasaron los días y el niño recuperó la salud; pero aquella elegante dama, dejó de verse por las calles del pueblo. Poco después, fue encontrada muerta; quizás como trágica secuela de los  golpes recibidos.

Años después, un exprés cruzaba por los linderos del antiguo panteón de Rodríguez. El viejo camino a Lampazos vadeaba por un lado del camposanto y era la ruta obligada para todos los viajeros. La noche había caído y acariciaba con su frescura la frente de don Pedro, que pensativo y cansado, vislumbraba ya la cercanía del hogar. De pronto, a su espalda, sintió que algo de peso había subido a la caja del carruaje mientras la mula entraba en un súbito nerviosismo apenas controlable. Intrigado, volvió el rostro y descubrió una mujer que de pie en la caja, lo miraba con aire arcano bajo un femenino sombrero que acompañaba con paraguas, largo vestido, botines de fina piel y lucía en la faz una extraña sonrisa, con un palillo entre los dientes.

El pasado golpeó la memoria de aquel hombre quien sin embargo, tuvo como reacción una nueva oleada de ira y le tiró varios fuetazos que se perdían en el vacío mientras la etérea dama permanecía enhiesta y sonriente. Al cruzar los límites del panteón, aquella entelequia se evaporó y la bestia recuperó la calma. Don Pedro supo que desde ese momento, aquel mal recuerdo se materializaría y como pesadilla, se haría presente cada vez que tomara ese camino.

El tiempo siguió su marcha y los actores de esta historia se fueron agregando al polvo de las generaciones  del pasado. El olvido los fue cubriendo y en los terrenos del panteón se fundó la colonia Chapultepec. Muchos cuerpos fueron reubicados y otros muchos quedaron sepultados bajo el peso de la ingratitud de sus deudos y la memoria perdida.

Hoy, los niños juegan en torno a una cruz que quedó en su patio y las mujeres tienden ropa paradas sobre una lápida. Los nombres ya ilegibles de las criptas, suspiran por el sacrilegio diario y la indiferencia de la gente ante aquel suelo antes venerable. Y las noches caen sobre la colonia donde el diario sobrevivir de los humildes habitantes no deja lugar a la fantasía y, sólo a veces, algún vecino cuenta mientras toma el café de la mañana que se dice por ahí, que han visto a una mujer de porte antiguo cruzando por los patios vestida en elegante atuendo: con paraguas, sombrero, vestido elegante y largo; luciendo en el rostro una enigmática sonrisa que acompaña con....

Un palillo entre los dientes.




EL NIÑO QUE JUEGA


Cuentan que por el año de 1935, en la Estación Rodríguez, en lo que hoy es la calle Manuel Rodríguez de la colonia Chapultepec, vivó una familia que padeció los mismos pesares de supervivencia que la gente sufrió por aquellos tiempos, tales como el desempleo y el diario carecer de lo más indispensable. Pero, aunque sin dinero, la vida era bastante tolerable porque la vivían en salud y amor hasta que la tragedia se apoderó de aquel hogar: nació un niño con el síndrome de Down. La pareja se llenó de pena ante aquel golpe de fatalidad; pero al poco tiempo su dolor se transformó en rebeldía ante los altos designios, rencor hacia la gente por sus mal disimulados comentarios, y odio hacia la pobre criatura que no tenía más culpa que haber nacido en brazos de la tragedia.

El pequeño fue creciendo a pesar de los malos tratos y cuidados de que era objeto y pronto tuvo necesidad de jugar en compañía de otros niños; pero la estupidez humana le cerró las puertas y le negó toda oportunidad de convivencia; padeciendo el rechazo hasta de sus propios hermanos. Se le privó de todo derecho a los más elementales alimentos del espíritu como el amor o la amistad; y hasta se le encerró por largos períodos para ocultarlo de la curiosidad que a cada rato asomaba por las ventanas para contemplar aquella carita pálida de rasgos mongoloides.

Tenía tres años de edad cuando, una mañana de invierno, amaneció con tos. Sus padres mostraron poco interés por su salud y aquel problema respiratorio degeneró en pulmonía. Así fue como una noche, cerró los ojos para nunca más abrirlos al sol de la mañana. Partió de este mundo que jamás lo toleró y se fue sin más equipaje que la nunca realizada ilusión de correr y jugar tomado de una mano amiga.

Con gran celeridad se llevaron a cabo los funerales. Sus padres tuvieron poca o ninguna manifestación de dolor y más bien parecía que en sus miradas se reflejaba un callado “gracias a Dios...”, por haberlos liberado de un lastre que con desgano habían arrastrado por tres años.

Tiempo después, al filo de la media noche, su espíritu empezó a manifestarse. El pequeño se aparecía al pie de un mezquite donde algunas veces se le permitió sentarse bajo sol y se le observaba que movía las manos como jugando en el suelo con algún trebejo. Repetidamente tendía los brazos, como buscando todavía el abrazo y el calor humano que en vida se le negó. Después de algunos minutos de jugar e implorar compañía, se elevaba hacia la fronda del árbol y desaparecía.

La familia, espantada y arrastrando el peso de sus culpas no confesadas, se cambió de casa dejando para siempre su primer hogar. Bajo el mezquite quedó un camastro abandonado, hoy ya casi deshecho y confundido con la tierra, donde los vecinos todavía aseguran ver aquel bebé que murió con las ganas de jugar con un amigo y sediento del amor que hasta su familia le negó. Talvez algún día, más allá de este mundo, logre encontrar el amor y compañía que la vida le negó y entonces, por fin, encontrará la paz eterna.


EL ÁNGEL DE LOS CAMINOS

Al llegar la temporada de lluvias, los agricultores de Anáhuac, N.L., aseguran ver por los caminos que llevan al ejido Rodríguez, un niño de escasos siete años que ataviado de huaraches y túnica azul celeste, les habla para ofrecerles ayuda.

Cuentan que hace muchos, muchos años, vivió por aquel poblado una mujer de mal corazón que vivía sola con su hijo; al cual maltrataba sin piedad alguna. Una ocasión, tras golpearlo, lo corrió de la casa sin considerar que afuera hacía frío y una pertinaz y helada llovizna hacía más penosa la marcha por los caminos. El niño, resignado y mal abrigado, tomó por la vereda que lo conduciría al poblado; pero el frío venció su voluntad y con manos y pies entumecidos, buscó refugio entre un mezquital. Se acomodó hecho nudo y quedó dormido en un largo sueño del que ya nunca despertó. Y quedó ahí, para  siempre quieto, para siempre soñando con un mundo mejor; un lugar lleno de amor, abundancia y calor que en vida nunca conoció. Por la mañana, un pastor lo descubrió entre los breñales; muerto por el inclemente frío.

El caso del niño muerto en el desamparo, hizo que la gente del lugar se uniera para cubrir los gastos de una cristiana sepultura; ya que su madre desapareció de la casa.  Tras realizada la buena acción, pronto fueron olvidando al niño aquél y la vida siguió su curso.

Al invierno siguiente, los campesinos empezaron a comentar sobre el niño de extraña presencia que, por caminos reales y veredas, detenía a los viandantes para ayudarlos con lo que llevaran cargando. Otras veces, se ofrecía para ayudar a los regadores o a los pastores que encontraba por parcelas y montes. Aunque vestía raro, su voz era suave y su sonrisa era constante. Siempre lo veían de día y, por lo mismo, nunca provocó desconfianza o miedo a quien lo miraba.

Un campesino tuvo la experiencia de tratar más con aquel pequeño, una tarde de frío en que los caminos estaban destrozados por la lluvia. En el rancho donde trabajaba, le habían prestado un exprés para ir a Estación Rodríguez a surtir su despensa. Al regreso, quedó atascado en una trampa de lodo y por más que se afanó y  fustigó a la mula, no pudo sacarlo de aquel lodazal.

Después de mil intentos, se sentó lleno de preocupación al pensar que la lluvia llegaría otra vez y echaría a perder sus provisiones. Recargado en un mezquite sólo observaba el pozo y la mula agotada. En ese momento, oyó una voz infantil a sus espaldas:
– Yo puedo ayudarte a sacar la carreta; sólo dame las riendas...
Al volver la vista, vio al niño de rara vestimenta que le sonreía. Lleno del mal humor por el cansancio, quiso correrlo; pero el niño, como percibiendo sus pensamientos, le insistió:
– Sí puedo... Sólo dame las riendas.

El hombre, extrañado, le señaló hacia el exprés concediéndole permiso. El niño, sin decir nada y sin castigar a la mula, hizo que el carretón saliera con facilidad y lo condujo más adelante, hasta un lugar seguro.

El campesino siguió atónito al exprés y llegó hasta el pequeño que, sin decir nada y con una sonrisa le entregó las riendas. Con una señal, el pequeño lo invitó a subir al asiento y confundido, subió como obedeciendo una orden.  El niño bajó de un salto y antes de tocar el suelo, se convirtió en una luz que lentamente se fue desvaneciendo. El campesino, asustado, bajó del carro; se arrodilló y rezó ante la luminosidad hasta que desapareció, dejando un agradable olor en medio del camino.

Fue así como, por mucho tiempo, al pasar por el lugar, los campesinos se santiguaban y dejaban flores en el punto donde estos hechos acontecieron y la gente dice que aquel niño desamparado, es hoy un ángel que busca por los caminos a toda aquella gente que se compadeció de su cuerpo y lo llevó a descansar a la tierra santa del panteón municipal. Él es: el Ángel de los Caminos...





EL JINETE FANTASMA

Un jinete ataviado en negro y sobre un caballo más negro que la noche, ha sido visto por los campos de Anáhuac. Lo han observado confundido entre las sombras, cabalgando silencioso, imponente y misterioso; dejando a su paso el espanto o el asombro de quienes han tenido el infortunio de mirarlo.

No existe un relato que nos lleve a su origen o que nos explique el porqué de sus momentáneas incursiones en nuestro mundo; pero anda por ahí, a veces agresivo y “echando el caballo encima”, otras veces, como un ser silencioso y melancólico, pero de presencia siempre terrible por ser un emisario del “Más Allá”.

Se ha visto también sólo su caballo. Otras veces se le ha observado con familia: una enlutada mujer que lleva un niño desnudo y apretado contra su pecho. Mas su intimidante visión ha hecho pensar a la gente que se trata una ánima en pena, o de un demonio que sólo busca aterrorizar las almas.

EL HOMBRE LOBO

La tenue luz de las estrellas bañaba de plata el caserío mientras Colombia, Nuevo León, dormía arrullándose con el rumor del río, que al murmullo de sus aguas, agregaba la canción intemporal que ranas y grillos entonaban acompañados  de flautas y susurros de viento. La sinfonía nocturna cubría una gran franja de la llanura y nada parecía poder romper la idílica paz de aquella noche de octubre de 1918.

Sin embargo, a unos cuantos metros del cauce, aquella quietud empezaría a desvanecerse ante el arribo de una tragedia que llenaría de intranquilidad y miedo a toda la población; pues, más allá de las orillas del pueblo, un pobre jacal se estremeció al ser sacudida la gruesa puerta de mezquite por alguien que llamaba aporreando con desesperación las duras maderas.

Una mujer en vigilia esperaba por su esposo y, preocupada, quitó la tranca y aldabones; pero en su corazón guardaba la esperanza de que nada le hubiera sucedido. Al abrir, a la luz del quinqué lo vio recargado en el marco, agitado y pálido, con la camisa hecha jirones y bañado en sangre.

Y un dolorido grito de mujer marcó el inicio de una triste leyenda que hoy todavía, se cuenta entre la gente de esta población.

Tras el sobresalto inicial, su esposa lo bañó y con fomentos de árnica lavó sus carnes desgarradas y lo hizo tomar algunos dientes de ajo para evitar la infección. Amorosa, veló su sueño y pasó la noche sentada ante la cabecera del lecho en que el hombre enfebrecido deliraba, contando entre sueños el ataque de un feroz lobo.

Inés Perales, era un jornalero que tenía como principal ocupación la recolección de leña y aquella tarde, había reunido la suficiente para abastecer los entregos y cubrir las necesidades del hogar por varios días. Al término de la jornada, se acercó a la mula para preparar los arreos de carga; pero al animal retrocedió lleno de nerviosismo. Luchó breves instantes para someterlo; pero al fin, lo vio correr desbocado y con un extraño terror reflejado en la mirada. El leñador quedó encolerizado e impotente; preguntándose lleno de enojo el porqué de aquel espanto repentino. Un gruñido profundo y sonoro se oyó a su espalda para darle una pronta respuesta.

Al dar media vuelta, enfrentó una bestia que ya volaba por los aires en busca de su garganta. Instintivamente, se cubrió el rostro y sintió un mordisco que en rápidas sacudidas le destrozó el antebrazo mientras era derribado por el peso de la robusta fiera. Se revolcó y rodó gritando de pavor. Con  brazos y piernas se abrazó al corpulento animal y aferrado, sintió que eran menos las temibles dentelladas con que el atacante buscaba destrozarlo. Casi sin darse cuenta, tomó  una piedra y la estrelló repetidamente contra la cabeza de la bestia que, de pronto, detuvo sus embates y quedó babeante y furiosa parada frente a Inés, que decidido a vender cara su vida, se lanzó en un salto suicida sobre la alimaña. Se dio otra breve lucha, hasta que el animal reculó quejumbroso y emprendió maltrecho la retirada.

El sol ya había caído, e Inés sintió que una debilidad extrema se apoderaba de todo su cuerpo. Cayó de rodillas y se derrumbó sobre la tierra dando gracias a Dios por haberle dado fuerzas para vencer a tan poderosa bestia... Y quedó ahí, tendido bajo las estrellas que fueron saliendo una a una por el oriente para asomarme a ver al valiente que se desangraba sin posibilidad de auxilio en medio del monte.

Cuando despertó, vio que la noche estaba ya muy avanzada. La hora no importaba; sólo empezó a arrastrarse, siguiendo por instinto la dirección hacia el hogar. Se puso penosamente de pie, y tambaleante caminó hacia donde una mujer y unos niños esperaban su regreso.

Al paso de los días, aquel hombre fue sanando y volvió a la cotidiana lucha por ganar el sustento; pero, empezó a sentir un persistente dolor de cabeza que cada día parecía agudizarse, hundiéndolo por momentos en estados de depresión y mal humor. Su irritabilidad lo llevó a golpear  sin compasión a un vecino del lugar por ínfimos motivos; y comprendió que algo le pasaba y era necesario buscar ayuda.

El 19 de octubre de 1918, el encargado Político, Subteniente Longinos G. García, escribió una carta dirigida al subsecretario de Gobierno del Estado de Nuevo León, pidiendo ayuda: “...para un hombre que fue atacado por un lobo rabioso, y que daba muestras de no haber recuperado completamente la salud.”

Los estados de ira se hacían cada vez más frecuentes y ya Inés Perales no podía encontrar trabajo. Para el mes de diciembre se había convertido en una verdadera amenaza para la población y las quejas de las familias colombianas llovían sobre el Encargado Político, que empezaba a recibir reportes de aquel demente que merodeaba por las orillas del río Bravo, escondido entre los carrizales en actitud por demás intimidante; gesticulando, mostrando amenazante los dientes y gruñendo como perro furioso. Se alejaba cada vez más de las actitudes humanas y el escándalo corrió por las calles cuando atacó a un hombre a mordidas y rasguños.

“El suscrito, Longinos G. García, en funciones de Encargado Político de la Congregación de Colombia, informo a usted lo siguiente(...) y tenemos mucho problema en la Congregación por el vecino que fue mordido por un lobo; pues está actuando de manera extraña: acosa a la gente, gruñe, desgañita, araña, lanza espumarajos por la boca, camina en cuatro patas, y aúlla como lobo...”

El encargado Político jamás recibió respuesta del Secretario de Gobierno; así que decidió investigar personalmente en casa de Inés Perales. Estaba harto de las historias que la gente le llevaba sobre el “Hombre Lobo”, y era necesario buscar un remedio para aquella situación; pero la familia de Inés le negó el paso y toda información. Así que aquella noche, preparó sus armas y, en compañía de un ayudante, se dirigió a la casa que antes fue hogar feliz y era ahora un lugar de infortunio. A lo lejos, un largo aullido se hizo escuchar... Quizás más lobos merodeaban en busca de ganado.

La sorpresa rindió frutos. Longinos y su ayudante entraron a la casa sin resistencia de la familia; y la esposa de Inés, con semblante de dolor y cansancio, les abrió la puerta del cuarto donde se encontraba su marido.

El cuadro que el Encargado Político contempló, lo llenó de encontradas sensaciones de compasión y espanto. Nada quedaba del Inés Perales que había conocido... En ese momento se dio cuenta que las historias contadas por la gente eran superadas por la realidad. El hombre aquél, ahora no tenía nada de humano; pues, limitado por las cadenas que controlaban su agresividad, se desplazaba por el oscuro cuarto como un cuadrúpedo, gruñía mostrando amenazadoramente los dientes, y vestía sólo raídos andrajos haciendo más espantable su aspecto sucio y feroz por aquella cabellera y barba hirsutas que le daban la imagen de una verdadera bestia. Pero lo que llenó de un mal disimulado pavor al Subteniente Longinos, fue aquel aullido largo y triste que brotó de la babeantes fauces del mutante.

Quizás por el sincero deseo de ayudar a la atribulada familia, o tal vez para apaciguar los temores de la población espantada, el Subteniente Longinos llevó al llamado “Hombre Lobo” a la única celda del pueblo; y ahí, tras las gruesas rejas de metal, lo mantuvo libre de cadenas, procurando darle los cuidados que la insensibilidad del Gobierno  del Estado le negó al desgraciado.

Y en la quietud de las madrugadas, un aullido escapaba de la celda y en alas del viento, volaba sobre el caserío; a veces con acento de desesperación ante la incomprensión humana; y a veces, con un profundo dejo de tristeza y soledad...

Con verdadera furia arremetía contra las rejas de acero y sus estados de ferocidad se hacían más intensos en las horas de calor. Los cuidados se hacían cada vez más difíciles y, muchas veces, la alimentación era imposible. Así, las semanas y los meses pasaron entre intentos por interesar a las autoridades por la salud de aquel pobre condenado. Tal vez cada carta era echada al archivo del olvido entre burlas de incredulidad que resonaban por los salones de cantera rosa del Palacio de Gobierno; mientras allá en la distancia, un hombre se consumía día a día al igual que aquel pueblo olvidado por el mundo; pegado a la frontera, pero lejos de todo...

A finales de mayo de 1917, el Encargado Político recibió un comunicado de la Secretaría de Gobierno. Era una carta que llenó de coraje y náuseas al endurecido rostro del Subteniente; hombre de armas y actor de innumerables batallas en la Revolución que sin embargo, nunca perdió la dimensión humana. Con furia y decisión, tomó la pluma y escribió:

                    “Al C. Secretario de Gobierno:
                    ...pero muchas gracias por la ayuda que ofrece. El vecino mordido por un lobo rabioso, hace ya dos semanas que murió...”

¿De qué murió Inés Perales? Tal vez una aguda anemia por la irregular alimentación tras las rejas lo fue consumiendo paulatinamente hasta acorralarlo y empujarlo hacia la única puerta de escape que le quedaba abierta: la muerte... O quizás fue un caso de demencia con desdoblamiento de la personalidad que fue lo que lo llevó a actuar como lobo.

¿Fue un caso de hidrofobia que duró casi ocho meses? ¿Fue un auténtico caso de licantropía? En aquel tiempo la población no tuvo la capacidad para entender cabalmente los males que padeció Inés Perales y sólo se atuvo a los hechos como elementos de juicio: un hombre que caminaba como un cuadrúpedo, que gruñía, que aullaba, que merodeaba por el monte al acecho de los humanos a los que atacaba con uñas y dientes, sólo podía ser... ¡un licántropo!

Hoy, casi un siglo después, el misterio de estos hechos perdura entre la población que como herencia, ha ido pasando de padres a hijos la historia que aún llena de miedo a los escuchas: la leyenda del Hombre Lobo de Colombia.


CITA DE AMOR

Ella era una angelical jovencita de largas y hermosas trenzas. Se llamaba Mariana. El, Alonso, un apuesto joven muy trabajador en las labores del campo. Estaban profundamente enamorados y querían casarse.

Finalizaba el siglo XIX. Todas las tardes ella lo esperaba, sentada en una bardita baja que circundaba su pequeño y florido jardín.

Terminadas las labores, él corría presuroso a verla y allí platicaban y hacían planes. Sin embargo, éstos no podrían realizarlos pronto; carecían de dinero suficiente para casarse y hacer su casita.

Cierto día, Mariana se asombró de verle rondar la casa en horas que no eran las habituales. El le explicó que había estado hablando con sus padres y que ellos le habían aconsejado que se fuera a trabajar algún tiempo al extranjero y que estaba decidido a hacerlo. Sólo así reuniría algún dinero y podrían realizar sus sueños.

Llegó el día en el cual Alonso tenía que partir. Muy triste acudió al jardincito a despedirse de su amada; a hacerle promesas de amor y a repetirle que regresaría pronto. Ella le juró esperarle y le prometió que, el día que llegara, la encontraría siempre en el  mismo sitio  de sus citas.

Con el corazón destrozado partió Alonso. Pasó un año trabajando muy duro y pensando constantemente en el día de su regreso.

Y, cuando consideró tener el dinero suficiente para la realización de sus planes, volvió.

Ni siquiera llegó a la casa de sus padres. Se dirigió primero a la de su amada. Su corazón le dio un vuelco emocionado cuando, a lo lejos, pudo distinguir la silueta de Mariana, esperándolo, sentada en la pequeña barda del jardín, con el vestido celeste que a él tanto le gustaba.
Dejando en el suelo sus cosas, de puntitas y procurando no hacer ruido, se acercó. Ella le daba la espalda. Sus hermosas trenzas brillaban con el sol que ya estaba ocultándose. Al llegar junto a ella, emocionado la abrazó, pero, al hacerlo, su júbilo se convirtió en miedo y en angustia. Aunque estaba seguro de haberla abrazado, no había sentido su cuerpo entre sus brazos y, al separarlos de ella, ya no estaba.

Lleno de zozobra entró a la casa. Allí encontró a los padres de Mariana llorosos y vestidos de luto. Hacía ocho días que Mariana había muerto.

Sin embargo, su promesa estaba cumplida. Ella, como lo había prometido, estaba esperándole en su cita de amor.

LEYENDAS DE OAXACA


EL FLECHADOR DEL SOL


Eran dos árboles gigantes que existían en el fondo de una misteriosa cueva en tierras de Apoala. Dos árboles gigantes nacidos a la orilla del río Achiutl que corría bajo la sombra de aquellas rocas. Dos árboles distantes que llegaron a amarse tanto que entrelazaron sus ramas y unieron sus raíces.

Y de ese fantástico amor nació el primer hombre y la primera mujer mixteca.

Con el tiempo aquellos seres nacidos misteriosamente tuvieron hijos, y los hijos de los hijos fundaron la ciudad de Achiutla.

Fue en ese lugar de origen legendario donde naciera un hombre llamado Yacoñooy, también conocido como Mixtecatl.

Cuando Mextecatl creció llegó a convertirse en un valeroso y audaz guerrero que cierto día, armado sólo de su arco, su saeta y su escudo decidió salir a conquistar tierras.

Por mucho tiempo caminó sin rumbo fijo. Por días y días no descansó un solo instante, aunque sentíase cansado por lo largo de la caminata al través de una tierra fragosa en extremo además de sentirse alumbrado por el calor del sol; mas impulsado por una fuerza misteriosa proseguía su caminata hasta llegar a una tan vasta como deshabitada extensión en donde no halló nada que estorbara su paso. Sólo el sol brillaba esplendoroso como dueño y señor de aquellas tierras; tierras que Yacoñooy codició para él por frescas y hermosas. Y como no encontró guerrero con quien medir sus armas y juzgando que el astro del día era el señor de aquellas tierras, preparó su arco y dirigiéndose al cielo exclamó:

– ¡Eh, tú, Señor de la tierra! Mide tus fuerzas conmigo y dispara tu arco que alguno de los dos debe morir; porque he decidido que uno sólo de nosotros tiene que ser el dueño absoluto de estas tierras tan hermosas.
Y luego, en son de reto, se dispuso a lanzar sus dardos, no sin tratar de dar tiempo a su enemigo a prepararse para el duelo, como si en verdad el señor Sol fuera a dar batalle, para después apresuradamente disparar sus flechas.
Era la hora del crepúsculo vespertino, y el cielo se fue matizando de rojo.

Yacoñooy, impasible, contempló al Sol que se hundía tras las montañas, y como las nubes en ese instante se tiñeran más intensamente de rojo, exclamó dando gritos de triunfo:
– ¡Te he vencido, te he vencido! La fuerza de mi brazo te ha causado la muerte. Tras esos cerros estás herido; ya por siempre no volverás a ser el dueño de estas tierras. Lástima que no pueda contemplarte revolcándote en tu propia sangre. ¡Qué diera por verte morir a mis pies!

El valiente mixteca esperó en silencio, latiéndole apresuradamente el corazón. Tal vez la última flecha de su enemigo podría ser disparada a traición, mas como el tiempo pasara y el Señor Sol no daba señales de vida, entendió que su enemigo había dejado de existir y gritó:

– ¡He dado muerte al Sol, señor de estas tierras, y por derecho de conquista ahora sólo yo soy su dueño! Yo he matado al Sol, mi rival. Mis flechas traspasaron su corazón. ¡El señor Sol está muerto, muerto! Y son mías, sólo mías, todas estas tierras, y con la vida pagará aquel que me las quiera disputar.

Y seguro de su victoria, señoreó con su triunfo todo cuanto alcanzaba su mirada.

Poco tiempo después, las tierras que fueron del Señor Sol, los hermanos de raza de Yacoñooy fundaron Tilantongo.


Y desde ese día entre los mixtecas se estableció la costumbre de pintar la escena del Sol vencido por Yacoñooy en escudos, jícaras y tecomates en gratitud al Flechador del Sol, que por tal hecho se había convertido en un héroe mixteca, habitantes del país de las nubes.

ANTOLOGÍAS I

ANTOLOGÍA: LEYENDAS DE LA REPÚBLICA MEXICANA

ÁREA DE FOMENTO A LA LECTURA. DGEST

 

(GUANAJUATO)



LA MUJER EMPALADA


Aquel viejo barretero, misterioso y huraño, de piel apergaminada y rostro cadavérico, que solamente una vez lo vi cuidando la bocamina de Peñafiel, que en su juventud fue lapidario de canteras y de pórfidos; según me lo dijo, me relató esta singular historia que parece leyenda.

“Desde que yo tenía quince años, me gustaba andar de noche por los cerros, barrancas y cañadas en busca de aventuras, pues mi abuela me contaba que el llanto de la Llorona se oía muy claramente en el silencio de las noches lluviosas; que la niña que tiene encantada a la ciudad de Guanajuato, bajaba a bañarse en las aguas de la presa de San Renovato en las noches de plenilunio; que las dos rocas llamadas de las Comadres, se convertían en mujeres el jueves santo de cada año para dialogar y perdonarse mutuamente las ofensas que se habían inferido en vida; que la carroza de don Melchor de Campuzano recorría envuelta en fuego el trayecto desde los Garridos al Panteón los sábados después de la media noche; el jinete descabezado que se aparecía en el camino de Valenciana, y no dejaba de galopar hasta llegar a San Javier, donde desaparecía, y los enormes murciélagos de la familia de los vampiros, que habitaban en las grietas de los contracielos de la mina de Garrapata, que por las noches salían a chupar sangre humana, cuyas muertes eran atribuidas a maleficios de las brujas que volaban por los aires...”.

Todas esas consejas acicateaban mi curiosidad para continuar en mis andanzas nocturnas, con el propósito de lograr ver alguna vez esas apariciones que me había relatado mi abuela.

Ya empezaba yo a desanimarme, cuando una noche tuve un encuentro que me produjo cierta impresión de miedo y terror.

Serían como las dos de la mañana cuando yo venía bajando del cerro de Sirena, cuando empecé a escuchar unos gritos lejanos de mujer que terminaban en gemidos. Al oír aquello, detuve el paso para precisar si en realidad eran lamentos de mujer, o el eco de algún ruido distante con esa semejanza.

Me di cuenta que esos dolorosos lamentos se producían en la cima del cerro del Cuarto, lugar un poco alejado de donde yo me encontraba.

Al principio, los quejidos eran continuos, pero cada vez se iban apagando hasta convertirse en silencio... ese silencio que a veces acusa grandes tragedias.

Desde luego aceleré el paso, dirigiéndome hacia el punto donde se habían producido esos lamentos. La vegetación me estorbaba para seguir en línea recta mi camino, por lo que tuve que hacer algunos rodeos. Al llegar a la planicie del cerro del Cuarto, observé a lo lejos una figura blanca, inmóvil, que se destacaba en la oscuridad. Avancé resuelto hacia ella, imaginando encontrarme con un fantasma del otro mundo. Cuando estuve cerca, me di cuenta que era una mujer que se encontraba sentada. Vestía ropa blanca; su cabeza y tronco estaban erguidos y sus manos descansando en sus piernas. En su rostro había una mueca de dolor y de espanto. Su cabello negro y largo le caía en su espalda, como si se lo acabara de peinar.

Me acerqué junto a ella, y le hablé... No me respondió... Sus ojos fijos, sin brillo, me miraban tenazmente, con esa mirada insondable de la muerte que escudriña la eternidad. Su boca estaba abierta y de la comisura de sus labios, salía un hilo de sangre que se desparramaba en su vestido blanco. Tomé sus brazos y toqué su pecho. Todavía conservaba un poco el calor de la vida... pero ella se encontraba muerta. Deduje que le habían matado con violencia.

Era una mujer bastante joven, blanca, de facciones bonitas; los contornos de su cuerpo acusaban ser de complexión robusta sin llegar a la obesidad. Fijándose bien en su rostro, se le notaba la carne lacerada a golpes que habían sido tremendos, llena de moretones que empezaban a inflamarse.

¿Qué misterio encerraba ese crimen?
¿Qué delito hubo de purgar esa mujer con el martirio de muerte que le aplicaron?

La soledad que me rodeaba frente a la macabra visión que contemplaba, me hizo abandonar ese lugar, y horrorizado bajé corriendo del cerro, y no me detuve hasta llegar a mi casa, acostándome en la cama enseguida.

Lo que me causaba más pavor, era que yo conocía a esa mujer asesinada en forma tan cruel.

A las doce de ese mismo día, salí a la calle, y la primera noticia que recibí de un amigo, fue que la autoridad había encontrado a una mujer “estacada” en el cerro del Cuarto, y que andaba en busca del asesino. Yo me guardé lo que había oído y visto esa madrugada, para evitarme líos con la justicia. Del susto estuve enfermo ocho días.

De las investigaciones que realizó la policía, se aclaró que esa mujer, cuyo nombre no recuerdo, era casada y tenía amores ilícitos con otro individuo. Que el esposo ofendido la sorprendió en su infidelidad, y para vengarse de esa ofensa, la había matado a golpes con un barretón, el que le sirvió después para clavarla en el sitio donde yo la descubrí.

Después de ese crimen, se sucedieron otros, usando el mismo procedimiento.

Los periódicos de la época informaron detalladamente de cada uno de esos asesinatos, consignando que la forma para vengar esos ultrajes al honor, era distinta en varias regiones del estado de Guanajuato, pues aquí en la capital el procedimiento era la “estaca”, mientras que en los municipios del norte les cortaban con cuchillo una trenza, y en el Bajío las arrojaban vivas al río Lerma con una piedra amarrada al cuello...

Desde entonces se me quitaron las ganas de andar en las noches buscando aparecidos y fantasmas en los cerros, barrancas y cañadas.

El viejo velador de la bocamina de Peñafiel, después de que me relató este sucedido, me solicitó un cigarro y me pidió por caridad rezara un credo y un réquiem por él, enseguida se metió por la bocamina, dándome la impresión que había desaparecido de mi vista como desaparecen los fantasmas...

Intrigado por lo que le encontré de extraño a ese relato, así como el proceder del viejo minero, tres días más tarde lo fui a buscar al mismo lugar. Estuve esperándolo más de dos horas para que me contara otra leyenda.

La tarde iba ya camino del crepúsculo, el sol se enfilaba hacia el ocaso, y yo me disponía a bajar del cerro sin haber logrado entrevistar a mi amigo ocasional, cuando pasó por allí un pastor con su rebaño de cabras que las llevaba rumbo al redil después de haber pastado.

Le llamé para preguntarle si conocía y había visto al viejo que cuidaba la bocamina. Le di las señas de cómo era y que tres días antes yo había estado platicando con él afuera de la bocamina.

El pastor se sorprendió al hacerle yo esa pregunta y revelarle mi amistad con el viejo. Informándome desde luego que con quien yo había platicado era nada menos que con un alma en pena, que salía de la bocamina y se sentaba al pie de la oquedad, pidiéndoles a todos los que pasaban por allí, que rezaran por él un credo y un réquiem. Que en su juventud tuvo amoríos con una mujer casada, y que al saberlo el marido, la mató a golpes y la empaló en el cerro del Cuarto.
Cuando salió de la cárcel el esposo ofendido, después de muchos años de cautiverio, anduvo buscando al hombre que había manchado su honra, habiéndole encontrado trabajando de velador en esta mina, donde lo asesinó a puñaladas y lo arrojó a lo más profundo del tiro.

Que desde entonces, ese difunto se aparece aquí, penando, haciéndose pasar como velador de esta bocamina, que desde hace muchos años no la trabajan. Los únicos que entraban a esta mina a sacar carga eran lupios; pero desde que los comenzó a espantar, ya no han vuelto a sacar mineral.
– Yo ya me voy, – me dijo el pastor – ya son las seis de la tarde, y no tardará en salir.
Al decirme esto, le noté cierta inquietud de temor.
Con todos estos informes, yo también me alejé de ese sitio, siguiendo al pastor cuesta abajo. Cuando llegamos al camino que va del Monte de San Nicolás a Guanajuato, dirigimos nuestra vista hacia la  bocamina, y distinguimos al viejo barretero que ya estaba sentado en lo alto de la peña, cerca del socavón.
Desde lejos noté que su cara apergaminada tenía las mismas facciones cadavéricas, las cuencas de sus ojos las vi vacías y su boca descarnada. Cuando advirtió que lo veíamos, nos llamó con su mano.
Nos alejamos corriendo por el horror que nos causó su presencia..












 

LA CALLE DEL TRUCO


La ciudad de Guanajuato, considerada Patrimonio de la Humanidad, fue un lugar señorial, aristócrata, en donde se construyeron verdaderos palacios habitados por la nobleza, así como ricos trabajadores carentes de títulos pero con inmensas fortunas que les daba aún más poder que un título nobiliario.

Uno de los sucesos que más conmovió al Guanajuato de la época Colonial, fue el  de un hombre, un famoso caballero que después de encontrar una mina y explotarla se convirtió en una de las personas más poderosas del Estado, dueño de haciendas, palacios y fincas que había comprado tanto en el centro como en los suburbios del lugar, acumulando una de las fortunas más sólidas que entonces existían.

Don Fernando llamaremos a este caballero que, como muchos otros lugareños, era amante de los juegos de azar, y frecuentaba la famosa Calle del Truco (trampa o azar), en donde sentaban sus reales jugadores profesionales, a los que se les podía encontrar todos los días en esos antros, dilapidando el dinero que hacía falta en sus hogares; muchas veces el que les sobraba, pero las más dejando fortunas en manos de tahúres profesionales que habían ya hecho del juego su “modus vivendi”.

El alguacil encargado del barrio, hacía sus rondas, recibía como es costumbre su “feria” y seguía vigilando las oscuras y empedradas calles durante el resto de la noche, hasta que empezando a clarear el día, iba su relevo para reemplazarlo, y por la noche, aquél regresaba a su faena nocturna.

Se cuenta que una noche, el vigilante vio venir a un caballero que llevaba una enorme capa negra, iba embozado, portaba sombrero de ala ancha, el que se quitó al pasar frente a la parroquia; se detuvo, se santiguó y siguió su camino.

El alguacil no identificó al hombre, sólo manifestó que le llamó la atención aquel caballero tan elegantemente vestido, que al pasar cerca de él, lo vio por encima del hombro. Sus ojos eran negros y chispeantes, el rostro pálido en el que se advertía el paso del tiempo, o los trabajos que había pasado. Le llamó la atención y lo siguió con la mirada. Éste se detuvo en una ancha puerta de la Calle del Truco. Después de dar tres golpes alguna persona , que no identificó, abrió el portón, iluminándole la cara con un farol y después de haberle pedido una contraseña, lo dejó entrar.
El hecho le pareció extraño, pero a la vez natural, ya que en esa calle con frecuencia llegaban personas similares, salían en la madrugada a veces brincando de alegría y muchas otras “arrastrando la cobija”, desesperados, a punto del suicidio por haber perdido cuanto poseían... Pero esto era ya familiar para el alguacil dado que su trabajo era vigilar la zona, y muchas veces hasta le servía de distracción ver entrar o salir gente de las casas de la Calle del Truco, porque se le hacía menos pesada su tarea.

Cuando corrió la leyenda de don Fernando, el vigilante agregó su parte de relato y el suceso corrió como río crecido por la ciudad y sus orillas.

Al entrar don Fernando al garito, en donde casi no se podía ver por la cantidad de humo, escuchó un gran aplauso, su presencia fue muy grata en el lugar, ya que era sabido que se trataba de uno de los más grandes capitales de Guanajuato, así como un hombre de honor, que donde “se paraba, se pintaba”.

Don Fernando tenía su lugar reservado; después de sentarse sacó las bolsas de oro, las que puso sobre la mesa. Miró a todos los jugadores y pidió trajeran barajas nuevas. Y sin más comenzó la sesión. Todos atentos al juego, no se escuchaba ni el volar de una mosca. Como en el juego de Juan Pirulero, cada quien atendía su juego. Todos fumaban con gran nerviosismo. Y de repente se escuchaba una que otra palabra mal sonante. A lo que don Fernando subiendo una ceja hacía un gesto de descontento, por ser un hombre pulcro, decente, enemigo de decir cualquier picardía y tampoco le gustaba que nadie dijera una palabra fuera de tono delante de él.

Poco a poco el dueño de la casa de juego fue desplazando a los jugadores, los que se fueron convirtiendo en mirones “de palo” sólo quedando en el juego él y don Fernando, el que no se inmutaba de su mala suerte al haber perdido cuanto traía. A cada momento las apuestas eran mayores y don Fernando seguía perdiendo. No era su noche, pero en lugar de levantarse al ver que la mala suerte lo seguía, se iba apoderando de él una rabia impotente que lo obligaba a seguir jugando. Pedía cartas, pero todo era en vano, seguía perdiendo.

El dueño, con una sonrisa de satisfacción le decía:

– Todavía tiene haciendas, las puede apostar.
– Van mis haciendas – gritó don Fernando, y seguía el juego.

Alguno de los mirones se atrevió a hablar, diciendo:

– No juegue más don Fernando, esta es una negra noche para usted.

Y por contestación dijo:

– ¡Va mi finca de la Calle de Alonso!, ¡Va la de la Plaza Mayor!

Y por último e impertérrito gritó:

– ¡Va la de la Sorpresa!,

y al perderla quiso levantarse diciendo:

– ¡Ya he perdido todo, no tengo qué jugar!

El dueño, socarrón le dijo:

– No ha perdido todo don Fernando, todavía tiene algo muy valioso.
– ¡Nada! – contestó – mañana empezaré a trabajar desde cero, así es el juego o te da o te quita.

Al irse a levantar don Fernando, el dueño del garito se le acercó y algo le dijo al oído, lo que enfureció a don Fernando, diciendo:

– ¡No por Dios, qué bajeza me está proponiendo!
– Un trato don Fernando – le dijo el hombre – todo lo que ha perdido por lo que le he propuesto. Sólo un albur, o todo o nada, ¿qué dice?
– ¡Acepto!

Por primera vez se vio nervioso don Fernando, le temblaban las manos, así como la quijada y sin dejar de ver la baraja se tiraron cartas y se corrió el albur; la carta a la que apostó don Fernando tardó en salir y para su mala suerte, salió la del dueño del garito.

El caballero enfurecido dijo:

– Tenéis pacto con el demonio, pero soy hombre de honor. ¡Vámonos,  pagaré la apuesta!

Contó el vigilante que todavía no amanecía cuando un grupo de hombres salió de aquella casa, hablaban fuerte, otros iban mudos y el de la capa y sombrero de ala ancha, parecía vencido, arrastraba los pies y con los ojos recorría el suelo.

Los hombres decían:

– ¿Qué apostaría don Fernando, que va como sonámbulo?

Pero el dueño del garito, no decía nada, callado iba tras don Fernando que parecía un cadáver.

Empezaba a amanecer cuando aquel grupo de hombres llegó a la casa de don Fernando. Su bella y joven esposa lo esperaba, como siempre cuando él llegaba tarde, y al verlo corrió a saludarlo:

– Ordenaré se les sirva algo de tomar a los señores – le dijo.

Mientras don Fernando con el semblante descompuesto dijo al dueño de la casa de juego:

– ¡Tomadla es vuestra!
Aquel cuadro fue dantesco, la mujer no sabía lo que ocurría, los acompañantes que tampoco estaban en el secreto, sin explicarse lo que pasaba se miraban unos a otros. Y don Fernando besándole las manos a su esposa le dijo:

– Os aposté y he perdido, el señor ha ganado todo lo que poseo incluso a ti que eres mi esposa.

La pobre mujer sin saber qué hacer miró fijamente a don Fernando y se desplomó, cayendo a los pies de su marido, diciendo:

– ¡Qué Dios tenga misericordia de nosotros!

Y en aquel momento quedó muerta. El magnánime dueño del garito le hizo la concesión de que arreglara todas sus cosas y que pusiera en regla los papeles en donde todo lo que poseía pasaba a sus manos.

– Me gusta tratar con caballeros y usted es un caballero.

La noticia fue conocida por todo el lugar; don Fernando no se separó un momento de su mujer hasta que ella fue depositada en la cripta familiar. Arregló los documentos que ya no le pertenecían y desapareció.

Se cuenta que desde entonces todas las noches se ve por la Calle del Truco, a un hombre que sale de aquella casa y se mete a la parroquia, atraviesa la puerta y nunca se le ha visto salir.

Otros cuentistas que han relatado esta leyenda, dicen que el dueño del garito murió a los pocos días de haber sucedido aquella tragedia y que los bienes de don Fernando pasaron a manos del gobierno por no estar legalmente escriturados.

En otras versiones que hemos recogido, cuentan que por la Calle del Truco, se aparece un monje, el que encapuchado y con un rosario en la mano recorre todas las noches ese callejón rezando en voz alta y pidiendo perdón por sus pecados.

Don Fernando, después de enterrar a su esposa y despojarse de todos los bienes, entró a un convento de carmelitas, en donde pidió estar enclaustrado y así en su celda, haciendo penitencia y consumiéndose pasó el resto de su vida. Pidió a los superiores del convento, que nadie supiera de él, ni avisaran el día de su muerte. Mucho tiempo después, se supo su paradero y se incluyó en la  leyenda de la Calle del Truco, admonitoria de lo que les depara el destino a los adoradores de Birján.


EL CALLEJÓN DEL BESO


Es noche de plenilunio.

La linajuda ciudad de Santa Fe y Real de Minas de Guanajuato se baña con luz de luna, para que sus embrujados callejones luzcan su belleza escondida.

La campana mayor lanza su quejumbre de bronce anunciando el toque de silencio. Es la hora propicia para que la abuela relate leyendas de fantasmas y aparecidos, y se rece el rosario de las Ánimas.

La ronda pasa por la calle Real, provista de su farol de mecha, y de tiempo en tiempo anuncia las horas de la noche. El silencio es solemne, enmarcado en la pálida blancura de la luna.

De repente, la soledad se llena de música tenue y arrobadora que lanza sus notas armoniosas en el callejón más estrecho de Guanajuato. Un laúd y un salterio se quejan al pie de una ventana llena de tiestos floridos. Una voz varonil canta una endecha, con acento apasionado.

A la luz de la luna se destacan las figuras de tres jóvenes embozados en sus capas, que han ido a ofrecerle serenata a la criolla más hermosa de Guanajuato. Se llama María Teresa, de ojos gitanos, en cuya mirada se despiertan las auroras y se aduermen los ocasos. Sus dieciocho años de vida le dan ese derecho de lucir su belleza con la arrogancia de su coquetería que es natural en toda mujer bonita.

El enamorado que ha ido a cantarle, acompañado de sus dos amigos, se llama Alfonso, es el primogénito de un rico minero que atesora sus caudales de miles de doblones en viejos arcones de hierro. Todas las noches en la solitaria callejuela, se escucha esa música al pie de la ventana de María Teresa, quien la recibe conmovida oyéndola detrás de las cortinas... Música deliciosa que la hace soñar en divinos idilios y dulces esperanzas, que han de trocarse en realidad para cuando tenga la dicha de poder concederle la primera cita de amor.

Pero esa noche, después de que se apagan las notas de la canción, se entreabre la ventana y aparece el rostro angelical de ella. Don Alfonso se le acerca y le declara su cariño... Tantas noches que esperó ese momento para hablarle y decirle lo mucho que la quiere. Pero la entrevista es de breves instantes, suficientes para jurarse amor eterno.

Ella es huérfana y está amparada con una tía que se desvive por complacerla en todo. Ella se imagina que es a María Teresa a quien le llevan música todas las noches, y desde luego le ha advertido que debe ser cauta para corresponderle a don Alfonso, porque se trata de un hombre rico, y ellas no igualan en fortuna. No obstante eso, las relaciones se formalizan, y noche a noche los idilios se suceden.

A María Teresa la pretende un militar que ha jurado hacerla suya cueste lo que cueste. Se llama Fernando, y es Alférez del Regimiento Provincial que resguarda la Alcaldía de Guanajuato. Pero ella esquiva todo contacto con él, porque no lo quiere.

Un poco más debajo de donde vive la hermosa muchacha de ojos gitanos, habita en un cuartucho una mujer a quien apodan “La Coyota”, porque se dedica a conseguir mujeres fáciles y a llevar y traer mensajes amorosos a quienes solicitan sus servicios. El Alférez la conoce, y desde luego la contrata para que lo tenga al tanto de las entrevistas de don Alfonso y María Teresa, quienes cada día se quieren más. El militar no acepta esos amores, y cuando comprende que es imposible poseer ese cariño, urde vengarse. Le paga con esplendidez a “La Coyota” para que los espíe de día y de noche, mientras él busca la forma de perjudicarlos.

Días después, su padre le ordena a don Alfonso que debe realizar con urgencia un viaje a la Villa de Guadiana de la Nueva Vizcaya, donde también tiene negocios mineros, y su presencia es indispensable. Acuerdan la fecha en que debe partir, y se hacen  los preparativos. Hay que salir muy de madrugada, pero ante todo, tiene que despedirse de María Teresa.

La víspera del viaje, ha llovido a cántaros todo el día, y por la noche sigue una lluvia tupida y pertinaz, que no deja transitar a nadie por las calles. Pero urge salir a las tres de la mañana porque así lo requiere el caso. A las doce en  punto don Alfonso se encuentra frente a la ventana de su prometida. Va envuelto en una capa española para evitar que el agua lo empape... Se acerca a la ventana y da tres golpecitos en la madera. Enseguida aparece María Teresa, notándole en su rostro resplandeciente de belleza, cierta expresión de tristeza, porque va a marcharse lejos de ella el hombre que es la adoración de su vida.

Los momentos corren deprisa, pero ellos están embelesados con las palabras que se dicen y las caricias que se prodigan... Pero llega el instante de la separación, como son todos los instantes que anteceden a las despedidas: dolorosas y estrujantes.

Por primera vez, don Alfonso le pide un beso, y María Teresa  toda ruborosa, se lo concede... Es el primer hombre que la besa en su vida, con un beso divino y fascinante, donde se ha desbordado todo el amor que se profesan. Es caricia que estalla en estremecimientos, para sellar una pasión eterna.

– Que este beso sea el juramento que me haces, de no querer a nadie más que a mí... Prométeme que esperarás mi regreso, para unir nuestras vidas para siempre -, le dice él.
– Te lo juro, por este amor que te tengo y que es ya tuyo -, le contesta ella.

La lluvia sigue cayendo sollozante y monótona...

– Dime adiós con tu mano. Quiero llevarme la caricia de ella impresa en las mías... – y María Teresa la coloca entre las de él, que la llena de besos.
– Entumida de frío por la lluvia está –, le dice. Y la coloca encima de su corazón.

Al separarse, don Alfonso queda esperando que ella cierre la ventana.

Los heliotropos y los jazmines exhalan su perfume, como despidiéndose de él.

Al iniciar su regreso, advierte que cuatro sombras se dirigen a su encuentro, estorbándole el paso... Apenas tiene tiempo de sacar su espadín, cuando se le van encima con sus aceros descubiertos, entablándose un duelo desigual. Luchan con violencia. Las espadas al chocar producen un ruido lúgubre de muerte, y al final, rueda un hombre agonizante.

Clarea la mañana. La lluvia ha cesado, pero antes, ha lavado la sangre del empedrado. En el cielo quedan jirones de nubes arropando los tintes de una aurora opalina. Las golondrinas cantan en el alféizar de la ventana donde hubo besos y despedida.

María Teresa ha despertado, su primer pensamiento vuela en pos de don Alfonso, que tal vez a esas horas va galopando por la campiña rumbo a la Villa de Guadiana... A su recuerdo enciende una lamparilla de aceite para que alumbre la imagen de la Guadalupana, que ha de cuidarlo en su camino, y para que lo traiga pronto.

Han transcurrido lentos seis meses, y María Teresa no recibe noticias de su ausente. Tal vez sus ocupaciones no le permiten escribirle, pero abriga la esperanza de que pronto regresará.

En ese desatino está cuando un día recibe carta, donde le comunican gentes desconocidas, que don Alfonso fue asesinado por los indios tepehuanes del norte. La noticia le hace enloquecer de dolor y desesperación. Cree que la pena la matará si él no regresa, porque no podrá soportar esa tragedia.

El padre de don Alfonso igualmente recibe la noticia de la muerte de su hijo, y ordena que dos de sus criados más fieles se trasladen a aquella lejana provincia para recabar informes.

La tía le propone a María Teresa que viajen a la capital de Nueva España, para que el cambio de lugar mitigue un poco su dolor. Así lo hacen, y se radican en aquella ciudad durante veinte años, en cuyo transcurso de tiempo muere de tristeza el padre de don Alfonso, sin poder aclarar el misterio de la muerte de su hijo.

Pasados esos años, un día María Teresa y su tía regresan a Guanajuato. Hay en ella cierta resignación. Su cabello pinta canas, y arrugas prematuras surcan su rostro, pero su belleza persiste a pesar de todo lo que ha sufrido.

Don Fernando, el Alférez, al saber el regreso de María Teresa, vuelve a pretenderla; y ante la imposibilidad de recuperar el cariño de don Alfonso, le corresponde al militar. Con este triunfo, él le ofrece matrimonio, y al aceptarlo ella, se fija la fecha de los esponsales.

La noche víspera del matrimonio, cuando María Teresa tiene en su casa el vestido blanco de novia que ha de lucir al día siguiente, llaman a su puerta. Es una mendiga la que la busca. La hace entrar, y en la penumbra de la sala, le confía su secreto. Le relata que, en sus años de pecadora la llamaron “La Coyota”. Que ella sabe quién mató a don Alfonso su prometido. Fueron cuatro soldados del Regimiento que comandaba el Alférez don Fernando. Que una noche lluviosa lo asesinaron a estocadas en ese callejón, después de la última entrevista... Que el cuerpo moribundo de don Alfonso fue escondido en la casa de “La Coyota”, hasta que falleció; habiéndolo sacado después para llevarlo a la mina de Maravillas, donde fue arrojado en el socavón... Que el Alférez fue el autor de ese crimen...

Cuando la vieja mendiga terminó su relato, desapareció en la oscuridad de la callejuela.

Con esa confesión, María Teresa revivió sus momentos de felicidad y sus años de tortura. Volvió a sentir todo el mal que le había hecho el destino y don Fernando. Anonadada quedó en un sillón, con la vista fija en la ventana donde había recibido el primer beso de su vida, y había jurado fidelidad en aquella noche lluviosa...

Sería la medianoche, cuando vio junto a ella una sombra. Creyó que era una alucinación motivada por su estado de ánimo provocado por la impresión del sufrimiento que le renacía. Pero aquella sombra le habló:

– María Teresa, vas a quebrantar el juramento que me hiciste aquella noche al darme un beso, de que no serías de nadie más que mía... Recuerda, que desde la eternidad te sigo amando y no permitiré que seas de nadie. Vengo por ti...

María Teresa quiso detener esa sombra que le hablaba, para irse con ella al más allá, porque reconoció que era don Alfonso que volvía.

Al levantarse del asiento para seguirlo, cayó al suelo, insensible, invadiendo a su cuerpo un temblor que la hacía estremecer.
A la mañana siguiente, cuando la tía fue a despertarla para avisarle que allí estaba su prometido para ultimar todos los detalles del matrimonio que se celebraría ese día en el templo de San Diego de Alcántara, la encontró muerta. La sorpresa que le causó la confesión de La Coyota”, de que el Alférez con el que se iba a desposar era nada menos que el autor del asesinato de don Alfonso, victimado frente a la ventana de su casa, fue lo que había motivado la muerte fulminante de ella, cuyo secreto se llevó a la tumba.

El paso de los años fue borrando esa tragedia, pero como todos los dramas que trascienden al pueblo, toman el camino de la tradición y la leyenda, los vecinos de ese lugar aseguraban que en las noches de plenilunio del mes de enero, escuchaban una música deliciosa y fascinante, y en las noches lluviosas de junio veían cinco espectros con figura humana que luchaban con sus estoques, y al desvanecerse en las sombras esos fantasmas, quedaba flotando en el ambiente el eco doloroso de un lamento que exhalaba un cuerpo herido.

Después, el silencio de la noche envolvía la casa.llejuela.

Este suceso dio origen a la leyenda.origen para que a esos callejones se les llamara del Beso y de la Coyota.






 

EL CALLEJÓN DE  LA BUENA MUERTE



La vecina más simpática y más amable que vivía en la torcida callejuela que formaba una encrucijada y que se perdía entre los vericuetos de otros callejones que subían hasta el cerro, era una viejecita dulce y cariñosa que subsistía de la caridad pública.

El único familiar que la acompañaba en la soledad de su vida y que para ella era un tesoro, era su nietecito, un chiquillo de seis años, vivaracho y juguetón, que siempre estaba a su lado, en los recorridos que hacía para pedir su limosna, y en las noches cuando se entregaban al reposo.

Como ella, el niño andaba descalzo, pero a veces le hacían el regalo de algunos zapatos que le quedaban muy grandes, y en ocasiones chicos; pero él se sentía feliz porque con ellos el sol no le quemaba las plantas ni los guijarros desgarraban su carne, y sobre todo porque siempre iba de la mano de la abuela que lo llenaba de cariño, de ternura y de todo lo mejor que le daban las gentes caritativas para entretener su hambre.

Los dos vestían ropa desgastada, llena de parches y remiendos, pero muy limpia, donde no se notaba ningún lamparón; y eso les hacía ganar la voluntad y la estima de quienes los socorrían. Los dos vivían en una pequeña casa donde sufrían fríos espantosos en invierno por no tener con qué cubrir sus cuerpos minados por los diarios ayunos. Ella lo acunaba en su regazo para que allí durmiera con menos frío.

– Abuelita, - le decía el niño en las noches heladas y sin luz en el cuarto -. Abuelita, no quiero que te mueras ni te vayas de mi lado porque nadie como tú, me quiere... – y pasaba su mano por el rostro de ella, y al llegar a sus ojos, sentía que se le humedecían sus dedos.
– Abuelita, se me figura que estás llorando.  ¿Acaso es por lo que te digo que no te mueras? ¿Por qué estamos solos o te espanta la negrura de la noche?

Y la viejecita de cabello nevado y de sonrisa dulce, le decía a su nieto que estaba rezando.

– Entonces, rézale a mi mamá y a la virgen para que me la traiga otra vez; para que nos socorra y te deje vivir a mi lado muchos años.

El pobre chiquillo no había conocido a su madre; cuando él nació, ella murió.
En las noches, cuando el frío los despertaba y oían el aullido lastimero de los perros, el niño le preguntaba:

– Oye los perros abuelita, tienen hambre y frío como nosotros, o tal vez vean pasar la muerte.

La anciana no le contestaba, porque su pensamiento estaba lejos, fijo en la idea dolorosa de que si ella moría, ¡qué sería de su nieto!;  y lo arrullaba estrechándolo en su corazón.

Una noche sintió que la fiebre abrasaba el cuerpo de su muchachito; su aliento quemaba y su respiración era fatigada. En los desvaríos pronunciaba el nombre de ella.

– Abuelita, no me dejes morir; no quiero dejarte sola... ¡Abrázame! Y la anciana invocaba a todos los santos de su devoción, para que le hicieran el milagro de que su niño viviera.
– ¿Por qué, Señor, te quieres llevar al único tesoro de mi vida que tanto quiero? Dile a la Muerte que se lleve a los niños que son maltratados por sus padres; a los de los ricos que jamás han recibido una caricia; a los que están solos en el mundo y no tienen quién los quiera; pero que me deje al mío, que es todo mi encanto y mi alegría...

La Muerte que rondaba allí cerca, con intenciones de llevárselo, se le apareció a la viejecita, diciéndole:

– Tus ruegos me han conmovido. Yo venía por él, pero voy a dejártelo porque sé que sufrirás sin él... A cambio de esta dádiva que te hago, te voy a imponer una condición... ¿Aceptas?
– La que sea, te la cumplo, - le contestó la abuelita.
– Oye lo que te voy a exigir: a cambio de la vida de tu nieto, desde mañana no volverás a ver la luz del sol, porque quedarás ciega para siempre. ¿Lo aceptas?
– Estoy conforme con lo que me exiges. Lo único que me atormentará estando ciega, es no volver a ver a mi muchachito...

Y en el amanecer del nuevo día, el niño había recuperado su salud, y la pobre anciana había quedado ciega para siempre.

Para salir a la calle, el chiquitín tuvo que servirle de lazarillo a la abuela que se sentía muy feliz. La gente al notarle la ceguera, se compadecía de los dos pobres seres que iban solos por el mundo, y eso dio motivo para que les aumentaran sus dádivas. En las noches hubo luz en la oscuridad, pan para su hambre y manta para su frío.

La anciana se quedaba con sus ojos abiertos, mirando con la luz del alma las tinieblas de la noche de su destino eterno. Le pedía al niño que se le acercara, con objeto de recorrer con sus manos los contornos de su carita y su cuerpo, para volver a saber cómo era él.

El niño ignoraba que la viejecita estuviera ciega, hasta que un día se dio cuenta que al caminar chocó con una pared y cayó al suelo, mientras él la había dejado sin apoyo por correr a recibir una limosna que le habían arrojado de un balcón. Entonces comprendió que estaba ciega, y se puso muy triste y lloró en silencio...

Pero como toda felicidad y todo dolor tienen su final, ella enfermó, tal vez por lo vieja que estaba y por los padecimientos sufridos.

El chiquitín no llegó a separarse de su lado, porque era mucho lo que la quería...

– Abuelita, dime a quién le rezo para que te alivie pronto. No te mueras y me dejes solo...

Y por los ojos de la viejecita, cubiertos de sombras y empañados por el hálito de la muerte, brotaban cristalinas lágrimas, y se le hacía un nudo en la garganta oírlo hablar.

La anciana hizo un esfuerzo, y le contó algo de su vida.

Cuando tú naciste, murió tu mamá, y desde ese momento estos brazos que ya no sirven para nada, te arrullaron todos los días y te estrecharon a cada momento. De pequeño eras muy llorón y desde luego me imaginé que te faltaba el calor y el cariño de tu madre, porque nadie puede reemplazar esos afectos.
Cuando fuiste creciendo y diste los primeros pasos, me llené de alegría y de felicidad, y fui todavía más dichosa cuando tu primera palabra que pronunciaste fue MAMÁ. Cómo recuerdo ese momento, y por ello hubo fiesta en mi corazón porque todos los pobres que no tenemos dinero, hacemos nuestras fiestas acá adentro, donde guardamos el tesoro de nuestros sentimientos y el caudal de nuestras pequeñas alegrías...

Todos los días al hacer mi recorrido por las calles para pedir mi caridad, te llevaba en mis brazos para que me acompañaras. Cuando sentía cansancio, nos sentábamos afuera del mercado, y allí seguía yo recibiendo la limosna bendita de la gente... Un día, una señora elegante te regaló muchos centavos y una canasta con dulces y fruta. Cuando recibí la dádiva, me dijo:


– Cómo se parece su niño al que se me murió hace un año. Démelo para que viva a mi lado, y los quito de pobres. Pero yo no te quise dar, porque tú valías para mí, más que todo el oro del mundo... Fui egoísta con ella y contigo porque al darte la hubiera hecho muy feliz  y a ti no te hubiera faltado ya nada. Obré en esa forma porque yo no quiero que te separes de mí, y me hubiera muerto al no volver a verte todos los días, después me arrepentí, pero ya no volví a verla...
Dame tu mano para tenerla entre las mías. Quiero dormirme un rato porque me siento cansada, pero muy dichosa porque estás a mi lado...

La viejecita se quedó dormida, su respiración era fatigada. El nieto también se quedó acurrucado, con sus manecitas enlazadas a las de su abuelita, para que la muerte no se la fuera a llevar de repente.

En el sueño, ella volvió a ver a la Muerte. Allí estaba de nuevo con su ropaje negro y su figura siniestra y amenazadora.

– Ahora sí, vengo por ti. El término de tu vida está llegando a su fin. Te faltan muy pocas horas para que concluya tu viaje por este mundo. Resígnate a morir. Estás muy vieja; tu tristeza y tu dolor necesitan ya descansar eternamente. Has vivido muchos años sin ninguna alegría, porque siempre has sido pobre, y en la pobreza no se encuentra nunca la felicidad...
– ¡No, por Dios! No me lleves todavía. Espera que mi nietecito crezca más. ¿Qué va a ser de él sin mi cariño y mis cuidados? ... Si me llevas no volveré a verlo jamás...
– Puedo dejarte la vida más tiempo, pero con una condición.
– Dime ¿cuál?
– Cegándole los ojos al niño...
– Eso no lo acepto. No quiero verlo sufrir. A mí sométeme a todas las torturas y dame todos los castigos que merezca para conservar mi vida unos años más... Pero a él no quiero que le hagas ningún daño.
  ¡Ah! Ya pensé lo que debo hacer. Como no quieres morir y dejarlo solito en el mundo, ni aceptas que lo haga ciego, me los puedo llevar a los dos, para que en la otra vida sean muy felices, estando juntos para siempre.

La anciana se estremeció al oír esa proposición. Se quedó pensativa unos momentos, y luego dijo:

– Acepto lo que me propones. Nada más te pido que nos lleves en este mismo instante en que mi nieto también está dormido, para que no sienta la muerte.

– Trato hecho, - contestó la Pálida Enlutada, y extendiendo sus descarnados brazos arropó los dos cuerpos con su negro manto, para llevarse sus almas a lugares ignotos, donde la resurrección a la vida eterna es un enigma para la vida terrenal.

La anciana y el niño quedaron silenciosos, con esa quietud resignada de los que se alejan de este mundo, sin haber tenido jamás un momento de felicidad...

Quienes permanecieron despiertos después de la media noche, escucharon un doble misterioso de campanas, cuyo toque no se parecía a las de la parroquia, ni a ningunas otras de los demás templos de la ciudad. Enseguida oyeron un canto lejano, que se fue perdiendo poco a poco en el infinito del cielo...

Cuando amaneció, las gentes madrugadoras se dieron cuenta que en el cuartucho habitado por la anciana mendiga, yacían dos cuerpos tendidos en el suelo, sin mortaja y sin velas. Eran los de ella y su nieto que habían muerto tal vez de hambre y de frío.

Y como no hay nada oculto sobre la tierra, alguna de las vecinas propagó la versión de que la pobre vieja le  había pedido a la muerte que se los llevara a los dos juntos al mismo tiempo, para quitarse de padecer. Que la muerte accedió a su ruego, y por eso murieron en el mismo momento. Al saberse esa noticia, el cuarto que les sirviera de habitación, fue visitado constantemente por todos aquellos desesperados de la vida, que deseaban al morir llevarse a sus seres queridos, para no dejarlos abandonados a su suerte, porque para los pobres es muy doloroso dejar huérfanos.

De vez en cuando, la Muerte hacía su aparición en ese lugar. Su presencia la delataba el aullido de los perros callejeros en las noches oscuras y lluviosas. Las gentes que pasaban a esas horas por el cuarto en ruinas que habitara la anciana, advertían una sombra que les causaba espanto y horror, y eso los hacía apresurar el paso, para alejarse de esa aparición.

El paso de los años fue borrando ese suceso, y en el mismo sitio donde estuvo el cuartucho que habitaron la anciana mendiga y el niño, los vecinos mandaron construir una capilla, donde empezaron a venerar una imagen a la que le pusieron por nombre Señor del Buen Viaje, en recuerdo de aquel rama conmovedor en que la miseria estrujó dos vidas anónimas.